El ser humano como pregunta
Hoy en día vivimos en una sociedad configurada por la racionalidad tecnológica que no deja espacio para la contemplación de lo bello y la búsqueda de lo verdadero, estamos inmersos en medio de lo que los sociólogos llaman la tecnoestructura o el tecnosistema – entramado complejo de Estado, Mercado y medios de comunicación social –, configuraciones éstas, que circunscriben al ser humano como simple objeto de la administración estatal o como mero productor y consumidor de mercancías, reduciendo su horizonte al límite de las fronteras de dicha tecnoestructura, que lleva a no pocas experiencias de angustia y hastío.
Es así, que este entorno se vuelve asfixiante, cuando desconoce la dimensión “metafísica” del ser humano que lo dispone al encuentro con la belleza, lo bueno y lo verdadero, en suma con el ser sustancial.
No hay espacio para el cultivo de las “preguntas serias” que hacen al ser humano tal. La perspectiva y el interés están centrados en la mera superficialidad existencial, no importa el “porqué” serio y contundente que dé sentido a la vida. Las energías se empeñan en mantener el “buen funcionamiento” del sistema.
La “pregunta seria” que es el mismo ser humano ya no es tal, ahora convertido en mero ser sin sentido y absurdo queda reducido a una simple pieza de ese engranaje totalitario que es el tecnosistema donde se encuentra anulado en su singularidad.
Bajo esta capa densa de la complejidad estructural de la sociedad actual se encuentra adormecida el deseo profundo del corazón de encontrar un sentido total a la vida y a la realidad, “el mundo del espíritu” queda como narcotizada con sus preguntas fundamentales y con su búsqueda de significado.
En tiempos pasados el ser humano supo y pudo expresar esta deseo original entendido como búsqueda de la verdad y de sentido. La música, la arquitectura, la pintura, la escultura, la literatura, han sido causes a través de los cuales pudo manifestar su afán de búsqueda, siendo la filosofía la que ha asumido de manera particular este movimiento. Antes la mirada se dirigía al mundo exterior, al cosmos para descubrir el acceso al Misterio, ahora la excesiva autoproyección a lo exterior ha adormecido la apertura al sentido. Ahora la puerta de acceso para emprender la aventura del sentido parece ser la vía de la interioridad, ver en la propia alma los dinamismos interiores que anhelan o apelan a una respuesta definitiva que dé sentido a su entera cuestión humana. En suma, las exigencias e inquietudes del corazón (entendido ésta como conciencia o centro íntimo de la persona) son la nueva ruta que se debe emprender para llegar a la plena conciencia de la propia humanidad.
Y en este empeño es confortable encontrar a quienes aún mantienen aquella “sensibilidad espiritual” que no les deja indiferentes ante la cuestión humana en su totalidad, que cultivan aquella tensión por el sentido.
Si bien es cierto que el ser humano a lo largo del tiempo ha intentado descubrir e inteligir el misterio de su ser hoy en día parece que esta originaria y primigenia inquietud queda relegada al campo de lo perimídico, de lo marginal, olvidado. Pero no obstante este fenómeno se observa y encuentra aún en muchas partes del mundo personas de las más variadas culturas y condiciones que mantienen viva la llama de la conciencia en su búsqueda de sí mismo y de su verdad plena.
En este empeño tengo el privilegio de haber coincidido con la artista Patricia Muñoz que con su arte y obras cristaliza a la conciencia la propia condición humana en su mismidad, el fenómeno humano en su centralidad.
Aldo Chávez
Lima, Perú 28 Septiembre 2006
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